Y aquí estamos. Segundo día del año y tan rutinario como todos los días precedentes. No me siento diferente, no noto el cambio de década. ¿Tan importantes han sido los diez primeros años del 2011? ¿Qué nos depararán los próximos diez? Nada bueno, seguro. Llamadme pesimista. Aunque prefiero el término «realista». De cualquier modo, sigo con mis propósitos. Sí, esos que nunca voy a cumplir. Pero siempre es bueno tenerlos ahí para poder releerlos cuando los haya roto todos. Para reprochármelo y llamarme imbécil unas cuantas veces.
Y allá van:
1. No volver a confiar en mi juicio.
2. Desengancharme del café y el chocolate.
3. Crear vicios nuevos que no me destruyan a largo plazo.
4. Encontrarme.
5. No volver a engancharme de un idiota, egocéntrico, creído, prepotente, capullo, jugador o que no me merezca. Y mucho menos de cualquiera que represente todo ello a la vez.
6. Bajar un poco las expectativas.
7. Demostrarme a mí misma que los segundos enamoramientos existen.
8. Dejar de lado filosofías inventadas por mí que me deprimen.
9. No volver a tropezar otra vez con la misma piedra.
10. Probar cosas nuevas.
11. Adelgazar.
Once. ¿Demasiados? ¿Muy pocos? Da igual. Estos son. Aunque para explicarlos, quizá debería empezar mi historia desde el principio. Empecemos por mi nombre. Me llamo Victoria. ¿Mi edad? 16 años. Los peores a pesar de lo que dicen. Estatura: 1, 63 cm. Sí, soy una enana. ¿Algún problema? Vivo cerca del instituto, en un pequeño apartamento con mis padres, muy orgullosos de mi hermana que también vive con nosotros (¿Cuándo se va a ir?), que tiene 17 años y cursa el último año. Imaginaos: típica Barbie-California, rubia, alta, piernas kilométricas, ojos azules y, como no, animadora. La popular del instituto que a ojos de los demás es hija única.
Y aquí estoy yo: la paria del colegio, la marginada social, la niña de la última fila. Si le dijese a alguien del instituto que mi hermana es la jefa de las animadoras probablemente se reiría en mi cara. Pero a mí me da igual.
Vayamos a la explicación de mis propósitos. Expliquemos los propósitos número 1,5 ,7, 9. Hace un año, en Abril, conocí a un chico. Charlie. Por increible que parezca me hablaba y era amable. En clase se giraba y me sonreía, y por las tardes me llevaba los libros a casa. Era nuevo en el instituto, venía de Inglaterra y su acento me resultaba adorable. Castaño, alto, con unos ojos verdes que estaban constantemente sonriendo. Pensé que era un sueño. Y resultó serlo. Me desperté cuando le vi con una animadora del instituto en la cafetería. Me enteré de que llevaban saliendo desde antes de que viniese a por mí. Podéis imaginar mi decepción. Grité, lloré, le insulté... Y me di cuenta de porqué me había dolido tanto: me había enamorado. De un cabrón sin escrúpulos.
Cada vez que le veo por los pasillos del instituto soy incapaz de alzar la mirada y mirarle a los ojos. No le pude reprochar lo que hizo porque no tuve valor. Supongo que los peores cabrones son los que menos lo parecen.
Lo que queda claro es que las animadoras siempre ganan. En las películas y en la vida real. Y aún así, jamás me convertiría en una. No quiero ser como mi hermana. Egocéntrica, manipuladora, superficial, egoista, mentirosa y con pocas luces. A veces hablar con ella es como hablar con esas barbies que aprietas un botón y sueltan siempre la misma frase. La suya es "soy animadora", y te mira menospreciándote por no serlo. Otra virtud suya: su complejo de superioridad.
Sigamos explicando mis propósitos. Vayamos con el 2 y el 3. Tengo un problema. Soy adicta a la cafeína, al chocolate y al tabaco. Me diréis que soy imbécil, que estoy acabando con mi vida y que soy una suicida... Blah, blah, blah... ¿Creeis que no lo he oido ya antes? Emily no para de repetírmelo. Emily es mi mejor amiga. Es vegetariana, la gusta leer y sobretodo hablar. Seguro que os estáis imaginando a la típica empollona de pelo graso y gafas extragrandes acompañadas de brackets. Pues no. En serio, acabad ya con ese tópico. Emily es rubia, con cortos ricitos que la llegan a la altura de los hombros y un tanto bajita. Mejor, así no me siento acomplejada. Tiene unos ojos marrones grandes y curiosos. Y, sobretodo, es muy inocente. Piensa que todo el mundo es bueno, pero sabe advertir cuando alguien tiene las peores intenciones. Me cuesta decirlo, pero me advirtió sobre Charlie y yo no la hice ni caso. Y así acabó. El caso es que tengo que superarlo y aprender a acabar el día sin haber probado ni una gota de café ni haber fumado. No soy fumadora extrema, no os asustéis. Voy a cajetilla por cada 2 semanas. Es un vicio que adquirí el año pasado, en abril, cuando Charlie me ofreció mi primer cigarro. Y cuando se acabó lo nuestro, empecé a fumar como una posesa, pensando que de aquella forma podría volver. Soy una tonta ilusa, lo sé. Pero al menos puedo decir que desde aquello maduré. O me desengañé, según como lo veais. Aprendí que todo el mundo acaba decepcionándote, antes o después, y que el amor no existe a pesar de lo que dicen.
Y esto me lleva a mis propósitos número 6, 8 y quizás también al 7. Estoy todo el día con un pesimismo asqueroso. Y me horrorizo, pero no lo puedo evitar. Ojalá fuese como Em, que ve el lado bueno de las peores cosas. No creo en el amor. Pienso que es solo un mito que Disney se ha encargado de difundir para luego decepcionarnos. Voy buscando al hombre perfecto y ninguno me parece digno. No tengo complejo de superioridad, no me malinterpreteis, pero todos me cansan. Por eso debo bajar un poco las expectativas. Aunque no creo en el amor, todavía me queda una ínfima esperanza en él. No, no existe. Y lo peor es que todo el mundo lo busca y nadie se pregunta por qué no lo encuentra. Bastante fácil: no puedes encontrar algo que no existe. Pero ellos siguen a lo suyo y no escuchan. Y ahora que perdí al chico del que estaba enamorada o encaprichada, no creo que haya nadie más esperando. Destinada a estar sola. Pero me da igual. Soy de las personas que aprecian la soledad, no me tengáis lástima.
Sigamos. Números 4 y 10. Para eso os tengo que decir lo que más odio: la rutina. Me aburro. Pero no es sólo un aburrimiento de esos que sientes cuando no echan nada en la tele. No, esos se pueden solucionar con un buen libro. Última noticia, chicos: los libros existen y se pueden leer. Pero no me distraigais. Me refiero a un aburrimiento más profundo que me ahoga y me tapona el estómago. Un aburrimiento que no se doluciona ni siquiera con un libro, y que me hace preguntarme si realmente tengo alguna misión en esta vida. Y es por eso que quiero acabar con la rutina, probar cosas nuevas (puenting, no, si es lo que estáis pensando. Aprecio mi vida, nada personal). Y sobretodo encontrarme. Saber que estoy aquí para algo grande. Si me preguntan lo que quiero ser de mayor, lo único que se me ocurre decir es "rica". No tengo ninguna afición en especial, y no quiero tirarme toda mi vida haciendo lo mismo. Y menos si me aburre. Como ya os he dicho, me aburro fácilmente.
Y acabemos ya. El último (por fin). Propósito número 11: Adelgazar. No estoy gorda, ¿vale? No seais crueles. En realidad Em siempre me dice que envidia mi cuerpo (no sé porqué si ella está muy delgada), pero conviviendo con Barbie-California no hay quien esté a gusto con su cuerpo. He decidido hacer deporte (podéis reiros). Empezaré en algún momento, no os preocupéis. Pero hoy no, porque empieza Hellcats y tengo que ir a verlo.
Hasta mañana. O no.

No hay comentarios:
Publicar un comentario